Empezó como un sinsentido, se convirtió en una mala broma, y terminó siendo la confirmación de que en la política todo puede pasar. Así podría resumirse el triunfo de Donald Trump en la campaña presidencial de Estados Unidos. Tras varios meses de escándalos, denostaciones y tropezones, lo improbable sucedió: el polémico candidato republicano será el próximo presidente.
Se veía venir. Las señales estaban ahí, eran claras. Pese a ello, periodistas, académicos y analistas decidimos mirar hacia otro lado y nos equivocamos. Más allá de las encuestas/predicciones, no supimos interpretar los datos ni su relación con el contexto local y global. Cándidamente dimos por sentado que el “sentido común”, entendido como nuestra opinión, se impondría al final del día.
Nos resistimos a creer que el discurso de odio y las promesas inviables podrían persuadir a grandes grupos, y no sólo a los “rednecks”; aquellos a los que simplonamente tomamos como “racistas” e “ignorantes”. No alcanzamos a ver que la autoproclamada “Tierra de los Hombres Libres” es una nación profundamente dividida, no sólo en términos étnicos o religiosos, sino también económicos y sociales.
Por si fuera poco, decidimos ignorar lo que pasó hace unos meses en Reino Unido y Colombia con las campañas del Brexit y el voto por la paz, respectivamente. Los resultados de ambos casos, por muy improbables que parecían al principio, apuntan hacia la misma dirección: el hartazgo del sistema político y el modelo económico imperantes.
Por ende, el cómputo final de la elección presidencial estadounidense deberá ser tomado como lo que es: un mensaje claro y contundente de que el mundo mágico de Disney sólo existe en las películas. La realidad cotidiana es diferente y hay un buen número de ciudadanos en ese país que buscan un cambio de rumbo. Ahora falta ver si Donald Trump los puede guiar por el camino deseado.
Es muy difícil – y pronto – determinar cuál será el desempeño de este personaje una vez que asuma oficialmente el cargo. En este momento el futuro se presenta como una gran incógnita. De entrada, su personalidad inestable y su inexperiencia en la administración pública no permiten albergar grandes esperanzas para el futuro inmediato. Tan es así que los mercados mundiales han sido los primeros en resentir su triunfo.
Por nuestra parte, en México deberemos reponernos de la impresión lo antes posible. De lo contrario, como es nuestra bonita costumbre, el tren de la historia se nos va a pasar nuevamente. Es decir, gobierno y ciudadanía debemos ser proactivos y comenzar a esbozar algunas líneas de acción para contener los impactos negativos que se avecinan irremediablemente.
Por ejemplo, habrá que empezar a reflexionar sobre qué vamos a hacer con los connacionales que regresarán más pronto que tarde, o cómo podemos impulsar la economía local, por mencionar tan sólo un par de aspectos. No adelantarse a los posibles escenarios implica seguir reaccionando tarde y mal a los problemas; lo cual, tristemente, no es del todo improbable.


































