Por: L.H.A Hannia Lizet Vieyra Guerrero
Si le pedimos a cualquier persona que nombre a tres artistas, la respuesta automática e inevitable nos devolverá apellidos como Da Vinci, Picasso o Van Gogh. Durante siglos, nos han educado para asociar el concepto de genio creador exclusivamente con el género masculino, ante tal panorama la pregunta obligada no es ¿dónde estaban las mujeres artistas? sino por qué nos educaron a ignorarles o restarles importancia en comparación a sus colegas.
El canon artístico que heredamos hasta nuestros días no es un reflejo fiel de la creatividad humana, es un filtro que funcionó como un club privado durante siglos dejándonos una narrativa a medias, siendo que estudiar a las mujeres artistas en pleno siglo XXI ya no es solo una opción o un acto de caridad histórica políticamente correcta; es una necesidad intelectual urgente.
Al borrar la perspectiva de la mitad de la humanidad, lo que nos ha llegado es, en realidad, un lienzo a medias, no podemos aspirar a comprender la evolución de la sensibilidad humana si ignoramos las respuestas estéticas que las mujeres dieron al cuerpo y la sexualidad, a la política, la mitología o incluso del espacio doméstico. Debemos ser conscientes de que la ausencia de ellas en los libros de texto nunca se debió a una falta de talento, sino a un bloqueo sistemático que les negó el acceso a las academias, museos, diversas instituciones y sobre todo el reconocimiento legal de su autoría.
La responsabilidad especialmente para quienes investigan y enseñan respecto a creadoras en cualquier disciplina artística, está en el factor de acción, tenemos que nombrarlas. No podemos conformarnos ya con simplemente estudiar un Arte hecho por mujeres como una categoría genérica, hay que hablar de las grandes maestras con el mismo peso, rigor y estatus del genio artístico que les damos a ellos.
Continuar enseñando y consumiendo Arte bajo el viejo esquema de los grandes maestros, es perpetuar un rigor histórico deficiente. La actualidad nos exige democratizar la mirada, puesto que no se trata solamente de colgar un cuadro de Artemisia Gentileschi, Remedios Varo o Hilma af Klint en una sala de algún museo para cumplir con una cuota, sino de reescribir el relato completo.
Entender que finalmente para estudiar una Historia de Arte con toda su complejidad y riqueza, necesitamos dejar de mirar el pasado con un solo ojo; el club privado meramente masculino debe disolverse de una vez por todas, porque mientras sigamos ignorando las aportaciones de las creadoras en cada rama del Arte, nuestra comprensión de la cultura humana estará incompleta.
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