No hay que aplaudirle a los médicos

NOTA: Este texto representa la opinión y reflexión de quién la escribe. 

Durante esta pandemia se ha reconocido la ardua labor de los médicos en la batalla ante el virus. Desafortunadamente, algunos energúmenos inconscientes fueron noticia por sus
malos tratos en un inicio, pero podríamos decir que son los menos.

Más allá de estos malagradecidos, el trabajo de los médicos ha sido aplaudido. Se han hecho uniformes conmemorativos en los deportes, se les hacen anuncios de gobierno y empresas destacando su labor y la gran mayoría reconoce su heroísmo en esta etapa de la humanidad.

Sabemos que los médicos pasarán a la historia como los grandes combatientes de una enfermedad que desafió esta era y puso al mundo de rodillas.

Sin embargo, para todos los demás, nosotros los que no tenemos una formación médica y que no estamos ayudando a combatir la enfermedad en los hospitales, los que no somos científicos desarrollando una vacuna o agentes de gobierno en puestos clave para el combate de la pandemia, no nos puede bastar con reconocer la labor de la comunidad médica y científica.

No es suficiente que estemos al pendiente de las acciones que lleva (o que no lleva) a cabo el gobierno, y seamos críticos del mismo. No basta con estar al tanto de las estadísticas y la información que circula en los medios de comunicación (reconozco la ironía).

Los aplausos, la admiración y el reconocimiento a quienes están trabajando en atender a los enfermos, no sirven de nada si no realizamos cambios fundamentales en nuestros hábitos.

Nos referimos al sector médico como los combatientes en “la primera línea” de esta batalla, pero no lo es así. La primera línea de combate nos corresponde a la población, a la sociedad en general. Somos nosotros quienes debemos hacer el primer frente para contener la rápida expansión de contagios.

Por ello es que manifiesto: no hay que aplaudirle a los doctores y enfermeros, hay que ayudarles con acciones cotidianas. Aquí algunas de ellas que he visto recurrentemente.

– Que te tomen la temperatura en la cabeza o el cuello. Ya es común la toma de temperatura en muchos establecimientos y veo como mucha gente pone la mano o la muñeca como si fuera un mero trámite, como si estuvieran presentando su credencial. No nos pasa absolutamente nada si nos toman la temperatura correctamente. Solo pasa que se identifican los casos de personas con fiebre que pudieran poner en riesgo al resto de la población.

– Usar el cubrebocas BIEN. Independientemente de la estúpida polémica sobre si sirve o no, es de reconocer que se ha generalizado el uso del cubrebocas. Sin embargo, usar el cubrebocas con la nariz de fuera o traerlo en la papada, es lo mismo que no usarlo. Repito, no se trata de un trámite para que te dejen circular libremente, se trata de una medida que busca TU protección.

Perdón que lo exprese de esta manera, pero traer el cubrebocas con la nariz descubierta, es como ponerse pantalones y traer los genitales de fuera.

– Contagiarse no es motivo de vergüenza. Debemos aceptar que la posibilidad de contagio es altísima y que no sabemos si estamos contagiados o no. Es común que cuando presentamos algún síntoma (dolor de cabeza o garganta, tos, calentura, etc) y nos preguntan “¿Tienes Covid?” nuestra respuesta inmediata sea “No”, cuando en realidad deberíamos responder “No sé”.

En el momento en que se decidió que la estrategia de México no sería la de aplicar pruebas de forma masiva, se quedaron en la oscuridad todos los casos de síntomas leves o asintomáticos. Por ello debemos actuar como si en realidad estuviéramos contagiados al menor síntoma, y no negar tajantemente la posibilidad de que sea coronavirus.

– Limitar nuestra movilidad y reuniones. Estamos hartos del encierro y no estamos acostumbrados al sacrificio. Definitivamente para algunas personas es más difícil que otras el limitar su movilidad e interacciones, ya sea por motivos de trabajo o la dinámica familiar en la que viven.

Pero depende de cada quien llevar estas limitantes al extremo de nuestras posibilidades. Salir de paseo o de vacaciones, ir toda la familia al súper o al tianguis, reunirse con muchos amigos
o tener citas de trabajo que pudieran ser un mail o virtuales, son algunos ejemplos de actividades que bien pudiéramos evitar y harían una gran diferencia.

Si bien la pandemia ha representado un gran reto para el sector médico, los estragos de la misma nos terminarán afectando a todos directa e indirectamente. El saldo económico y social será cada vez más grave mientras no cambiemos nuestros hábitos.

Debemos hacernos a la idea que este momento de la humanidad es equivalente a un periodo de guerra, y como
con todo periodo de guerra, la población debemos hacer sacrificios.

Autor: Benjamín