“La vida no se mide por las veces que respiras sino por los momentos que te dejan sin aliento.” (Hitch, 2005)
Mi viaje al fin del mundo –como quise llamar a esta travesía- me llevó a querer escribir esta única y mágica experiencia en mi vida.
Todo comenzó cuando decidí romper con expectativas ya desvanecidas, para poder cumplir mis sueños. Se requiere ser valiente o muy idiota para hacerlo cuando tienes una vida hecha que crees querer. Me dispuse a seguir mi camino porque ¿cuántas veces tenemos la oportunidad de ser felices? Yo pienso que solo una. Hasta donde sé, ni la religión o la ciencia han comprobado qué existe después de la única vida que tenemos.
Esta aventura surgió de un mal día con un cúmulo de sentires: tristeza, enojo, decepción y estrés, que provocó un cambio de 180 grados en mi vida. La decisión estaba tomada, no estaba cumpliendo mis sueños porque yo mismo le puse límites, pero tampoco estaba dispuesto a continuar sacrificándolos.
La necesidad de reencontrarme y sentirme vivo era impostergable, aún a mis 31 años de edad. Siempre he sido muy orgulloso y éste ha sido mi principal impulso para lograr mis sueños, para jamás rendirme cuando realmente anhelo cumplir algo. La vida que quería no la estaba consiguiendo y se me estaba escapando como agua entre las manos.
Debido a este dilema creo que de los momentos de crisis es donde debe surgir la mejor versión de nosotros, porque pone a prueba lo que somos, cómo respondemos ante esa situación y la manera en la que salimos avante. Nunca estuve solo en este examen de vida, siempre tuve las palabras exactas de aliento, los abrazos entrañables y también los regaños necesarios para darme cuenta de la valiosa persona que soy.
Con la ayuda y paciencia de familiares y amigos -principalmente de Pau, quien se merece una mención especial por organizar y motivar mi travesía-, un viaje al fin del mundo era la mejor opción para cerrar ciclos y emprender la más magnífica aventura que jamás había imaginado vivir.
La curiosidad continua de ver, oler, degustar, escuchar y sentir tantas cosas diferentes en México, me exigía rebasar fronteras para experimentar nuevas sensaciones que alimentarán mi escondida alma viajera.
Salir de México por primera vez y solo, era un verdadero reto. Pasé por diversos sentires, desde la incertidumbre de la planeación, hasta la alegría, emoción y miedo de saber que la fecha pactada conmigo mismo cada vez se acercaba más. Descubrir irremediablemente quién soy, qué ruta seguir y no encontrar lo que tanto estaba buscando me daba terror.
Ya sabía que era importante para mi familia y amigos, pero sus muestras de cariño a través de mensajes, llamadas, cartas y regalos, además de hacerme llorar de alegría, me daban fuerza para llegar con mayor confianza a mi destino. Me di cuenta que las personas que te aprecian sufren más que quien hace su propio viaje al fin del mundo. Por eso les pido perdón y agradezco sentirme tan cobijado por su afecto.
El día del viaje llegó y pasé de un estado de nostalgia a uno de emoción, porque cada uno de los lugares que visitaba en Chile, Argentina y Brasil me daba algo y yo también me permitía dejar una parte de mí como agradecimiento. Esto me concedió la oportunidad de saber que había viajado hasta el fin del mundo sólo para descubrir que mi búsqueda no estaba en el exterior, sino que siempre estuvo en mi interior.
Para alcanzar este reencuentro conmigo mismo tuve que estar dispuesto a desaparecer por un momento de mi propio mundo para poder abrir mi corazón a nuevas sensaciones: mis ojos percibieron la belleza única de los paisajes y la paciencia con la que surge cada amanecer; mi piel la sobriedad del frío y el magnífico calor de la playa; mi boca sabores tan diferentes que sorprenden por su delicia; mis oídos la tranquilidad de la lluvia al caer en el lago y el infinito silencio de la naturaleza; y mi nariz los olores del entorno que se vinculan entre sí para generar el momento más perfecto para recordar. Cuando viajas se desarrolla una capacidad impresionante de sentir todo en su máximo esplendor.
La magia de viajar solo, me hizo más maduro pero a la vez más libre de hacer lo que quisiera –más tonterías- y en el momento en el que lo deseara, desafió mis sentidos para convertirme en una persona más perceptible a los pequeños detalles que forman parte de mi entorno, así como encender la luz que cada uno de nosotros tenemos cuando somos felices. Incluso me di la oportunidad de leer el libro pendiente de mi vida: El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas.
Bernard Le Bouvier de Fontenelle decía que “El más grande secreto para la felicidad es estar bien consigo mismo.” Y esta clave para una vida plena se alcanza viajando, comiendo, caminando, viendo, sintiendo, soñando…
A lo que quiero llegar es que una de las mejores maneras de vivir sin arrepentimientos es recordar tu pasado, a veces es bueno voltear y reconocer de dónde vienes, observando el camino transcurrido, para visualizar el horizonte que te espera y darle continuidad a ese estado de júbilo interminable, haciendo lo que más te gusta sin lastimar a alguien. No importa si viajas solo o acompañado, incluso si decides quedarte en tu propio mundo; lo valioso es tener la determinación de hacerlo con coraje, incluso con miedo para ser feliz y sonreírle a la vida… la vida que uno escoge.
Mi viaje al fin del mundo concluye con este escrito dedicado a mi familia y amigos. También a mí porque la esencia de un alma viajera radica redescubrir quién eres en cada sitio que conoces, y perderte por el mundo, pero siguiendo un camino propio para vivir, dormir y soñar en oscuridad bajo la luz de otras estrellas.


































