El imaginario colectivo está construido sobre la idea de las relaciones monógamas, del amor en pareja, a pesar de que el deseo y los afectos funcionan en realidad de manera distinta. ¿Quién no ha sentido atracción por otras personas pese a estar emparejado o ha encontrado dificultades para elegir a una sola de las que le gustaban? Las estadísticas constatan que la monogamia estricta es minoritaria; de ahí surge la necesidad de entender la alternativa del enamoramiento múltiple desde un perspectiva científica.
Algo falla en la casi universalmente extendida cultura del Arca de Noé, basada en el emparejamiento, para que emerjan otras opciones, como el poliamor a poliamoría, nacido en EE. UU. en los años 60. Los seguidores de esta corriente, constituida en un verdadero movimiento con sus principios teóricos y sus líderes, creen que una relación compuesta por más de dos personas es normal, inherente a la naturaleza humana, tan respetable como la monogamia y que ha estado presente en muchas épocas, aunque casi siempre de forma oculta, porque las convenciones sociales la sancionaban. Pero aun así, ha habido personajes famosos y rebeldes, caso del poeta inglés Shelley, las escritoras Anaïs Nin y Simone de Beauvoir y el filósofo Bertrand Russell, que se atrevieron a optar abiertamente por una relación múltiple como opción de vida.
Pero ¿se puede querer a dos personas a la vez y no volverse loco? Según los poliamorosos, sí. Terisa Greenan, una de sus promotoras, vive con dos hombres, a su vez enamorados entre sí. Esta directora y actriz norteamericana es la autora del serial semiautobiográfico de veintiún episodios Family: the Web Series, donde explora la relación de un trío de personajes –dos hombres y una mujer– que viven en Seattle. Para Greenan, la clave para que este tipo de vínculo funcione “es que cada uno de los implicados tiene que saber de la existencia del otro –u otros–. Y no puede haber escalafones, esto es, nadie es el primero, ni nadie el segundo. Así no se producen rivalidades, porque ninguno se siente celoso del otro. Todos saben que aportan cosas diferentes a la relación”.
Dos versiones de la historia
Creemos que somos monógamos por la capacidad para autoengañarnos acerca de nuestra incoherencia. Los antropólogos materialistas lo explicaron con base en las discrepancias entre el punto de vista EMIC y el ETIC. Marvin Harris (1927-2001), profesor de Antropología en las universidades de Columbia y Florida y uno de los científicos de la corriente del materialismo cultural, pensaba que todo fenómeno social tiene dos versiones: la de los protagonistas (EMIC) y la de los observadores externos (ETIC). Obviamente, estos dos puntos de vista no tienen por qué coincidir. Los miembros de la sociedad pactan una forma de ver cada situación que no necesariamente ha de corresponderse con los datos reales.
En el tema de la infidelidad, un investigador que adopte el punto de vista ETIC recogerá cifras y llegará a la conclusión de que es una práctica extendida. Sin embargo, si lo enfoca desde un ángulo EMIC preguntará a los miembros de una determinada cultura y llegará a la conclusión de que la monogamia es lo normal y los encuentros sexuales fuera de la pareja son debidos a algún problema en la relación o en la conducta de la persona infiel.
¿Por qué mantenemos ambos puntos de vista aunque sean antagónicos? Según Harris, los dos se pueden explicar por razones adaptativas y de supervivencia cultural en un determinado momento histórico. Ciertas funciones de la pareja cerrada tradicional –asegurar la sexualidad, mantener la autoridad cuando los cónyuges se convierten en padres, aumentar la probabilidad de que la herencia se traspase a personas con las que se comparten genes…– tuvieron mucho sentido en el pasado. Pero cabe preguntarse si hoy siguen siendo importantes.
¿Y qué pasa en la naturaleza?
Por otra parte, en El mito de la monogamia, David Barash, psicólogo de la Universidad de Washington y experto en conducta animal, y Judith Eve Lipton, psiquiatra del Swedish Medical Center en Washington, cuestionan la idea de que la fidelidad sea algo más que una cuestión social. Ambos autores citan numerosos ejemplos que demuestran que en la naturaleza, la exclusividad sexual es casi inexistente. Pese a que el comportamiento aparente de ciertas especies ha dado pie a algunos biólogos para defender que la fidelidad existe, las pruebas de ADN dicen lo contrario. Hay animales, sobre todo aves, socialmente monógamos, pero ninguno mantiene plena fidelidad sexual. Incluso los más citados como especies que conviven en parejas estables, como los gansos y los cisnes, son realmente infieles, según probó un estudio de la Universidad de Melbourne. Es como si esa diferencia entre una conducta monógama a nivel EMIC y una realidad promiscua desde el punto de vista ETIC fuera una constante en toda la naturaleza.
Dicen Barash y Lipton que, en términos evolutivos, a los machos de cualquier especie les conviene esparcir al máximo sus espermatozoides para asegurar la transmisión de sus genes. Por eso, sus cuerpos –las hormonas y el cerebro, base del comportamiento– están diseñados para la promiscuidad y son fácilmente excitables por los estímulos novedosos. Y según ambos expertos, a las hembras de algunas especies les pasa algo parecido, por ejemplo, a las mujeres; si no, no serían explicables ciertos rasgos físicos que parecen destinados a que ellas tengan muchas parejas sexuales.
Entonces, ¿por qué es tan difícil sacar del armario esta tendencia biológica a la variedad erótica? La respuesta es simple: los celos sexuales. Para Barash y Lipton, “el instinto que lleva a ser promiscuo es natural, pero la tendencia a odiar que tu pareja haga exactamente lo mismo también lo es”. Y ese es el principal argumento en contra de la posibilidad real del poliamor: la dificultad para controlar los celos.
A pesar de todo, hay gente dispuesta a afrontar los obstáculos con el fin de sacar adelante la relación. Para controlar los celos, hacen falta grandes dosis de autocontrol, como sabemos por el filósofo inglés Bertrand Russell y la aristócrata Lady Ottoline Morrell, que formaron una de las parejas más interesantes de principios del siglo XX. Su relación fue siempre compleja y apasionada, y trataron de encontrar un equilibrio entre el instinto posesivo y sus convicciones racionales de libertad.
En cuanto al problema logístico que supone la vida cotidiana a tres o cuatro bandas, lo esencial es que los involucrados sean capaces de negociar y llegar a acuerdos. Hace falta capacidad para resolver conflictos de forma asertiva, es decir, comunicándose sin tratar de imponerse al otro, sin agresividad pero también evitando la sumisión.
Varios formatos
Partiendo de esa base de comunicación, hay quienes marcan días específicos para estar todos juntos y otros que se alternan para convivir en parejas de forma igualitaria. O lo dejan al azar pero sabiendo que el reparto será equitativo. Algunos comparten piso, otros viven en casas separadas y hay quienes solo se juntan para viajar.
Por supuesto, la gestión de los celos, el estrés de una logística más compleja y el marcaje de la sociedad siempre pesan, pero eso ocurre con los movimientos minoritarios. Los estudios del psicólogo francés Serge Moscovici, director del Laboratorio Europeo de Psicología Social, sobre las personas que defienden posiciones no mayoritarias demuestran que, si resisten el clima de presión hacia los diferentes, pueden convertir su opción en algo aceptado cuando esta parte de la coherencia y la confianza. ¿Habrá, en el futuro, muchos sujetos que vivan abiertamente relaciones poliamorosas?





































